sábado 25 de junio de 2022
La Argentina no solo tiene la oportunidad de abastecer al mundo; es su responsabilidad.

La Argentina no solo tiene la oportunidad de abastecer al mundo; es su responsabilidad.

La Argentina no solo tiene la oportunidad de abastecer al mundo; es su responsabilidad.
El país puede exportar la gran mayoría de productos cuyos precios han subido a causa de las restricciones impuestas por el Covid 19 y también por los efectos de la invasión rusa a Ucrania-
l aumento en materias primas experimentado en los últimos meses no parece que vaya a retroceder rápidamente. Los cambios en la confiabilidad de Rusia como proveedor y su efecto en las rutas marítimas no se recuperarán fácilmente. En 2022 ya han subido sustancialmente el petróleo, el gas, el trigo y muchos otros productos. Las consecuencias que pueden tener la invasión Rusa y los aumentos en precios traerán efectos geopolíticos, afectando la logística, líneas de abastecimiento y contratos ya firmados. Afectarán también las políticas de ESG (Environment, Social and Governance) de muchas empresas que tendrán auto restricciones o sufrirán el embate de sus clientes o gobiernos.
No debemos olvidar que el conflicto en Ucrania se presenta al mismo tiempo que China vuelve a abrirse y la cuarentena ya no tiene efecto en el mundo. Es decir, hay varias fuerzas y todas empujan en dirección a aumentos en precios.
Por ejemplo, el petróleo, que ya había subido un 60% durante 2021, pasó de U$S77 el barril a fines del año pasado a US$115 en la actualidad (el doble del promedio de 2018 a 2021) representado una suba extra del 49%. La soja, nuestro principal producto de exportación, está teniendo un alza de aproximadamente un 26% respecto al promedio del año pasado, que, a su vez, había subido un 38% con respecto a 2020.
Distingamos inflación y saltos en precios. La inflación es un aumento generalizado y los saltos en precios son en algunos productos, que obliga a consumir menos de otros. Estamos en presencia de ambos efectos que son pésimos para la economía familiar y alteran mucho la capacidad de consumo en todas partes.
La suba en el precio de las commodities se trasladó a precios y subió fuertemente la inflación en varios países desarrollados, que ya venía fogoneada por las medidas de protección frente al Covid, lo que llevó a una reacción de suba de tasas.
Ante precios y tasas más altas, la Argentina puede lamentarse o considerarlo una oportunidad. Podríamos exportar la gran mayoría de los productos cuyos precios han subido. Es probable que estas subas no sean permanentes, pero creo que razonablemente podemos esperar que los cambios en el abastecimiento durarán más tiempo. Por supuesto, surgirán alternativas de menor costo, triangulaciones, países interesados en ser intermediarios, etc. Aun así debemos comprender que la capacidad de Ucrania de producir está seriamente afectada al dañarse su infraestructura y es indudable que en Rusia habrá mayores costos de producción. La Argentina no tiene sólo una oportunidad, tiene la responsabilidad de abastecer el mundo.
El conflicto llega en un momento en que el avance tecnológico en producción de alimentos puede mejorar aún más. Me impresionó la frase “el trabajo humano para producir un kilo de trigo en Estados Unidos ha bajado desde 10 minutos a menos de 2 segundos”, que cita Vaclav Smil en su libro “Cómo funciona realmente el mundo”. Esta notable mejora en la tecnología para producir alimentos ha permitido que menos personas vivan en el campo, se muden a áreas urbanas y puedan trabajar en todo tipo de industrias. La mayoría de los avances que han transformado todo tipo de industrias y nuestra vida diaria hubieran sido imposibles si la gran mayoría de la población tuviera que permanecer en el campo para producir su propio magro sustento. Han sido cambios graduales pero un shock como el de Ucrania lo ponen de manifiesto.
Al respecto, el martes 7 de junio de este año el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Mauricio Claver-Carone, trató tres temas en el “Foro de ministros y CEOs sobre comercio e inversión”: a) opciones tendientes a aprovechar las oportunidades que se abren ante la reconfiguración de las cadenas globales de suministros, b) las tendencias en materia de sostenibilidad del comercio y cambio climático, y c) la creciente digitalización de la economía.
Es imperativo que nuestro país se aboque a estos temas también o por lo menos que se comprenda el alcance y cómo pueden las empresas actuar. Si la Argentina define claramente su vocación exportadora para poder satisfacer al mundo de todo lo que podamos aportar, podríamos generar rápidamente mercados. Seamos sinceros, con los constantes cambios de rumbo, violaciones de contratos e incumplimientos que hemos tenido, no es fácil recuperar o lograr nuevos mercados. De por sí mantener calidad y ser competitivos en precios no es fácil, pero en estas circunstancias, con dos proveedores masivos de energía y alimentos como Rusia y Ucrania con menos capacidad para exportar, queda un lugar abierto que debemos aprovechar.
Visto desde otro punto de vista, si no lo hacemos, estamos contribuyendo a los problemas en el mundo. Restringir nuestras exportaciones de alimentos puede significar que en otros países sus propios problemas sean más agudos.
Al mismo tiempo, sabemos que ante la masiva necesidad de más energía a menor precio surgirán otros proveedores de energías alternativas o de localizaciones que hasta ahora no eran muy representativas, como algunos países de África. Si no vendemos nuestros productos mientras todavía son necesarios podemos perder para siempre el valor de nuestros recursos, cuya utilización hubiera significado oportunidades de empleo y crecimiento. La Argentina tiene la oportunidad y responsabilidad de generar nuevos liderazgos y de repensar la economía de la mejor forma para la sociedad, sin ideologías y con sentido común. La Argentina puede aprovechar su potencial energético, minero, de servicios y -especialmente por la rapidez con la que podría funcionar-, en el sector agro-bioindustrial. Repito, es una oportunidad y responsabilidad hacia nuestro país y el resto del mundo.
Diana Mondino
Fuente: La Nación