domingo 5 de julio de 2020
Marcelo Elizondo: Para exporta más, hay que pensar de nuevo.

Marcelo Elizondo: Para exporta más, hay que pensar de nuevo.

Especialista en Negocios Internacionales. Docente de posgrado en ITBA.
 
La globalización no ha sido uniforme en el tiempo. Y hay que admitir que durante su evolución la participación argentina ha dejado mucho que desear.
 
Las últimas fases de esa globalización fueron dinámicas. El comercio internacional creció 30 veces entre 1950 y 1980. Pero en ese lapso las exportaciones argentinas lo hicieron sólo 7 veces. En 1950 Argentina exportaba 1,9% del total mundial pero ya en 1980 lo hizo en sólo 0,4%.
 
Luego, entre 1980 y 2010 las exportaciones totales mundiales crecieron 7 veces. Las argentinas acompañaron la dinámica con la misma relevancia, es decir el mismo crecimiento porcentual, aunque sin recuperar terreno relativo. Empujadas por la demanda de países emergentes y basándose en motores como las capacidades adquiridas en los años 90, la competitividad de la agroproducción y las compras de Brasil y China. Pero en 2010 las exportaciones argentinas también representaron 0,4% del total mundial.
 
Ya desde 2010 y hasta 2019 las exportaciones mundiales totales crecieron 34% (aún con una performance que no fue uniforme) pero las argentinas decrecieron 5% (la participación argentina cayó a poco más del 0,3% del total).
 
Así, mientras Argentina se desacopló primero de la globalización de posguerra (autarquía); se benefició luego de la revolución agroproductiva y abasteció a países emergentes (agroinserción) aunque sin incrementar su participación relativa sino acompañando el dinamismo internacional; y terminó en el último decenio con un nuevo leve desacople.
 
En el planeta el gran incremento del comercio transfronterizo se produjo por el alza del intercambio de bienes intermedios en cadenas globales de valor durante los 30 años que transcurrieron entre 1985 y 2014. Luego, el comercio global de bienes logró en 2019 resultados similares a los de 2015 (19 billones de dólares).
 
Pero hay ahora un movimiento de fondo a destacar: el último decenio se ha caracterizado por un cambio de matriz. La globalización no tiene ya por principal motor el intercambio de bienes físicos (en 2019, similares a los de 2015) sino por el alza en el valor de intangibles como conocimiento, innovación, know-how, patentes y royalties, certificaciones y cumplimiento de estándares, servicios. Lo que Sullivan y Edvinsson llaman “capital intelectual”: el saber organizado como insumo.
 
Por eso las exportaciones mundiales de servicios crecieron en los últimos diez años 50% mientras las de bienes lo hicieron 25%. Pero no se trata solo de lo que los registros llaman servicios: es relevante el intercambio internacional de conocimiento productivo (que en parte no es computado en las estadísticas). Así, desde el inicio del siglo XXI la suma de las exportaciones de bienes creció 195% pero la de los servicios lo hizo en 260%; mientras los pagos por royalties lo hicieron en 340% y -lo más relevante- el tráfico de información económica electrónica lo hizo en 4.450%.
 
Dice el Mc Kinsey Global Institute que si se suman las exportaciones mundiales de servicios más el valor intangible incluido en las ventas internacionales de bienes, ese total supera los 13 billones de dólares y supone más de la mitad de todo el comercio internacional computado.
 
Por eso, antes de ingresar en la actual destructiva pandemia (COVID-19) ya transitábamos velozmente por lo que Jonathan Haskel denomina “capitalismo sin capital” (en realidad, sin capital físico relevante). Lo que no es muy diferente de lo que Klaus Schwab llama el talentismo. Y lo previsible es que en la postpandemia esto se acelere.
 
La peste mundial hará caer fuertemente los flujos de comercio global en 2020 (los pronósticos van desde -11% hasta -30%). Pero para cuando se supere se anticipa un escenario con cinco significativos cambios:
 
1) Nueva geopolítica que afectará alianzas de países.
 
2) Nuevos contenidos en los acuerdos comerciales internaciones (más preocupados por lo cualitativo que por lo arancelario).
 
3) Mayor avance de la tecnología y el saber aplicado como componente productivo.
 
4) Más diferencia en la capacidad económica entre los más ricos y los otros.
 
5) Más sensibilidad en consumidores y reguladores.
 
Todo ello es relevante para la Argentina, que requiere más exportaciones. Apenas exportamos en 2019 unos 80.000 millones de dólares sumando bienes y servicios. Somos uno de los diez países del mundo con menor participación del comercio internacional en su economía. En lo transcurrido de 2020 las exportaciones argentinas caen más que 10% y el resultado anual final arrojará un retroceso motivado en las condiciones mundiales.
 
Para el futuro argentino hay con qué ilusionarse: el agro con sus innovaciones organizativa y biológica, los unicornios, la producción local basada en conocimiento, la industria con diseño o la ingeniería, por nombrar algunos casos. Pero para lograr mayores ventas externas deberán mejorarse condiciones.
 
Primero en el frente interno: ordenar la macroeconomía, alivianar el entorno regulativo, apaciguar el ambiente político.
 
Luego, en la política internacional. Será preciso una mayor internacionalidad del Mercosur, que es, de la veintena de acuerdos regionales comerciales que hay en el mundo, el que menor ratio exportaciones/PBI ha conseguido: 14.9%, contra un promedio de todos de 33%; y casos como el ASEAN que llega a 51%, el SADC en África que logra 35%, o la Alianza del Pacífico que consigue 32%.
 
Además será requisito mejorar condiciones de salida y acceso de empresas y productos argentinos a mercados externos reduciendo obstáculos locales (retenciones a exportaciones, brecha cambiaria, complejidad burocrática) y trabas externas (las exportaciones argentinas pagan en el acceso a mercados un promedio de arancel que es 50% mayor que el de nuestros competidores debido a nuestra escasez de acuerdos de apertura comercial reciproca). Y, adicionalmente, será útil participar de nuevos espacios que se irán creando en la búsqueda de cierto ordenamiento internacional (el Secretario General de la UN ha graficado la historia de la institución diciendo que la misma pasó por tres periodos: bilateralismo durante la guerra fría, unilateralismo durante el corto período de liderazgo de EE.UU., y la actualidad a la que calificó de caos). Nuevos bloques serán efecto de cierta recomposición futura.
 
Pero hay algo más y muy relevante: habrá que trabajar en mejorar la oferta exportable. Nuestro problema no es de demanda. La economía mundial que viene será más exigente. Y requerirá más empresas internacionales calificadas que productos exitosos (con unas 6.500 empresas exportadoras, tenemos menos que México, Brasil, Chile y Perú). Estamos ante una economía internacional de empresas (y sus alianzas) y no de productos. Y esas empresas deben desarrollar habilidades que superan con creces la mera producción manufacturera (como enseña Stan Shih, esto último es lo de menos).
 
Por ello, las exportaciones argentinas solo crecerán si son parte de un entramado de negocios trasfronterizos integral: inversiones, alianzas, conocimiento, prestación de servicios recíprocos, participación en estrategias comunes, desarrollo de habilidades específicas verticales y atributos horizontales.
 
Fuente: Clarín