viernes 14 de diciembre de 2018
La verdadera deuda argentina: fomentar y aumentar las exportaciones

La verdadera deuda argentina: fomentar y aumentar las exportaciones

La gran deuda de la Argentina actual es la que tiene pendiente con las exportaciones. El último crecimiento importante de estas (por encima del 20%) fue en 2011. Por el contrario, los años sucesivos fueron de caída, hasta llegar a 2016 y 2017, que tuvieron la principal virtud de poner un freno al desplome de ventas al exterior sin lograr fortalecerlas suficientemente (incrementos de apenas 1,9% y 0,9%, respectivamente).

Para quienes creemos en el valor del trabajo, vender más al exterior es casi un dogma. Cada dólar embarcado es empleo nacional que se exporta. Es la posibilidad de acceder a los dólares necesarios para afrontar las importaciones que continúan en aumento (19,6% en 2017 y 21% en el parcial de 2018). Y no solo eso. Prestigiosos estudios han demostrado que a medida que los países incrementan sus exportaciones totales y por habitante mejoran sus índices de bienestar de la población.

El Gobierno así lo ha entendido y viene impulsando cambios profundos en las reglas de juego del comercio exterior, con la eliminación del cepo, mejora del tipo de cambio a los exportadores, simplificación de trámites (Ventanilla Única, plataforma de trámites a distancia, Exporta Simple), eliminación de derechos de exportación (que subsisten en el complejo sojero con el compromiso de continuar con una baja gradual), aumento de reintegros de exportación del sector agroexportador, flexibilización del mercado único y libre de cambios (que posibilitó el forfaiting) y la eliminación de aranceles a bienes tecnológicos (que se incorporan en los procesos productivos), que son apenas algunos ejemplos de las medidas impulsadas. Sin embargo, no alcanza. Esto preocupa, sobre todo cuando la balanza comercial fugó más de ocho mil millones de dólares el último año y continúa negativa en lo que va del año.

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¿Qué más podemos hacer? Desde luego, la Argentina no está aislada. El contexto juega su papel, con países vecinos que se vuelven más competitivos y han devaluado su moneda en los últimos tiempos, y con un mundo con tasas de crecimiento positivas, pero no tanto como algunos años atrás. Pero aun así hay que enfocarse en lo que sí podemos cambiar puertas adentro. Entre estos aspectos se encuentran:

Continuar lo bueno que se viene haciendo. Mantener las políticas mencionadas a lo largo del tiempo para que el exportador cuente con un marco adecuado más allá de los vaivenes de la economía, y profundizarlas. En consonancia con esto, podemos mencionar la reciente eliminación de los cargos extras que soportaban los contenedores High Cube de exportación (resolución AGP 65/2018).

Inserción. Continuar con la inserción inteligente del país a través de acuerdos de libre comercio que posibiliten aumentar las exportaciones (y no tanto las importaciones). Al respecto, un posible tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea (UE) debería anticipar el impacto que tendrían sobre la región las diferentes opciones de negociación. Hay que poner el ojo en aquellas situaciones que nos hacen perder oportunidades. Por ejemplo, los vinos argentinos ingresan a Asia con un arancel de importación de 18%, mientras que los vinos chilenos lo hacen sin arancel.

Incrementar la exportación de las pymes. Las pequeñas y medianas empresas constituyen prácticamente el 90% del padrón de exportadores de nuestro país, pero hacen menos del 10% de las ventas nacionales al exterior. Estas exportaciones son las de mayor valor agregado y, por lo tanto, generan más empleo a lo largo y a lo ancho del país, y no solo en grandes conglomerados urbanos, donde se concentran las grandes empresas.

Revitalizar legislación específica. La Argentina cuenta con la ley 23.101 de promoción a las exportaciones, de más de 30 años de antigüedad, que debería ser actualizada y reglamentada. La ley contiene aspectos novedosos, como la deducción del 10% del FOB exportado en impuesto a las ganancias, o la creación del Fondo Nacional de Promoción a las Exportaciones (Fopex), que se financiaría con un gravamen de hasta el 0,50% sobre las importaciones a consumo.

Bajar costos logísticos. Hay que favorecer el uso de puertos y aduanas más cercanos a las zonas de producción. A modo de ejemplo, un flete terrestre de Santa Fe capital al Puerto de Buenos Aires cuesta hasta mil dólares más que un flete internacional de Buenos Aires a Turquía. Estas asimetrías son inadmisibles y nos obligan a replantear la logística actual. Es necesario que la hidrovía se vuelva una realidad y que el río tenga puertos competitivos, desde San Lorenzo hacia el norte.

Recuperar mercados. El caso más emblemático es Brasil, nuestro principal socio comercial. Hacia 2011 le exportábamos por más de 19.000 millones de dólares, mientras que en 2017 lo hicimos tan solo por 9300 millones de dólares (con un déficit comercial bilateral de 8500 millones de dólares). Quiere decir que perdimos 10.000 millones de dólares de exportación en seis años. Si bien es cierto que una parte importante de las exportaciones que se cayeron se debió a la coyuntura económica brasileña, hay aspectos de los que sí nos podemos ocupar. Por ejemplo, pugnar por la homologación de registros de productos en los organismos de control que faciliten la importación de nuestros productos en Brasil, o la armonización de las contribuciones sociales que tributan los productos importados en ese país -nuestros productos pagan más impuestos federales como el Programa de Integración Social (Pis) o la Contribución para el Financiamiento de la Seguridad Social (Cofins) que sus similares brasileños-.

Para vender más hay que vender mejor, y para vender mejor hay que prepararse. Cuentan que una vez le preguntaron a Abraham Lincoln si tuviera que talar un árbol en no más de seis horas cómo lo haría, y este respondió: dame seis horas para cortar un árbol y pasaré las primeras cuatro afilando el hacha.

Fuente: La Nación Diego Dumont