viernes 25 de mayo de 2018
La reinserción comercial externa: entre “empresas estrella” y cadenas de valor.

La reinserción comercial externa: entre “empresas estrella” y cadenas de valor.

Ante el nuevo mapa global, es necesario prever estrategias para generar insumos relevantes y de calidad para el encadenamiento productivo internacional
La Argentina arrastra años de débil vinculación económica con el mundo. Con exportaciones (bienes y servicios) que solo representan 12% de su PBI, según el Banco Mundial, logra una participación de las ventas externas en su economía de poco más que la mitad que toda América Latina (22%).

¿Cuál debe ser la estrategia de reinserción comercial argentina?

La primera consideración que puede hacerse es que, ante la mayor complejidad de los mercados mundiales (la carga arancelaria promedio en el mundo se redujo a la mitad en los últimos 20 años, pero el costo de requisitos no arancelarios se elevó 80% en los últimos 15), la competitividad en la que basan su inserción internacional las diversas economías es sistémica.

El World Economic Forum ha elaborado un trabajo en el que destaca “12 pilares de competitividad” para los países: sus instituciones, la infraestructura, el ambiente macroeconómico, el sistema educativo, el sistema de salud, la eficiencia en los mercados de bienes y servicios, el marco de referencia para las relaciones laborales, el desarrollo del mercado financiero, el grado de adopción de nuevas tecnologías, el tamaño del mercado, la sofisticación en la gestión de los negocios y la tendencia a la innovación observada.

Pero además de mejorar el “punto de partida” (las citadas condiciones de competitividad locales) algo pendiente entre nosotros para lograr el despegue internacional es definir qué rol puede desempeñar nuestro ecosistema de empresas en la interrelacionada economía mundial.

La Argentina es inicialmente un país alimento/exportador porque dos tercios de los casi 60.000 millones de dólares exportados son bienes de origen agropecuario, y en este complejo están, además, sus principales oportunidades (si se considera a la Unión Europea como mercado único, la Argentina es uno de los 10 principales exportadores de bienes agropecuarios y también de alimentos del mundo, según la OMC). Aunque, a la vez, nuestro país tiene enorme potencial en servicios basados en el conocimiento, algunas industrias, minerales y aun en energía (estos últimos, dependiendo de la inversión que se genere).

Mucho se ha hablado al respecto sobre el perfil estratégico a definir. Y pese a la tentación de pensar en ser un país que exporta calificados bienes finales, debe decirse que el grueso de la demanda mundial es de bienes intermedios (más de un tercio del total), además de los bienes de capital y aun de bienes primarios (juntos representan casi 4/5 del total comerciado en el mundo). De modo que hay muchas oportunidades en los insumos (calificados) para contribuir con éxito al desarrollo de las denominadas cadenas internacionales de valor.

En la actualidad, el viejo debate sobre la agregación de valor se está saldando en favor de quienes incorporan calidad en eslabones clave en los procesos productivos, y no necesariamente hacia quienes se centran en la finalización de la manufacturación de un producto.

Según diversos estudios internacionales, las cadenas (redes) internacionales de valor (sistemas de relacionamiento de empresas de diversos países que se vinculan en la producción, no a través del viejo método cliente-proveedor sino a través de alianzas) funcionan entre empresas que en diversos mercados invierten, comparten conocimiento, planifican, crean asociaciones y luego comercian entre ellas. Y ante la constante innovación ya no hay “productos estrella”, sino “empresas estrella”. Los que generan valor son más relevantes que el objeto en el que ese valor se genera. Por ello esas empresas logran atributos competitivos, para formar parte significativa de las redes globales de producción y comercialización.

La profesora de Columbia Rita Gunter McGrath publicó hace algunos años “El fin de la ventaja competitiva”, en el que proclama que más que lograr una oferta basada en “valor agregado” en los productos, las empresas deben lograr la capacidad de ir saltando virtuosamente de modo permanente de producto en producto, de etapa en etapa, de ola de innovación en ola de innovación.

Más aún: Stan Sheh y Richard Baldwin han enseñado, a través de lo que han denominado la “smile curve”, que en la actual economía del conocimiento el mayor valor se genera en el inicio de la cadena de producción (investigación y desarrollo, propiedad intelectual, diseño, innovación) y en el final (marketing, comercialización, servicios), y que el proceso productivo tradicional (manufacturación, ensamblaje, industrialización) ha perdido relevancia si no se lo relaciona directamente con ambos extremos. También Daria Taglioni ha explicado (incluso recientemente para el Banco Mundial) que el mayor valor (lo que implica más rentabilidad y mayor valuación para las empresas) en las redes mundiales integradas de producción (que generan casi 80% del comercio internacional) se logra en el inicio (conocimiento) y en el final (servicios) y no ya en medio del proceso (manufacturación tradicional).

Esto es: en un comercio internacional que ha vuelto a crecer firmemente (casi 4% en 2017), los elementos críticos parecen ser generar valor en la etapa adecuada y contar con empresas con atributos para ello.

Ante el nuevo mapa global productivo en el que las empresas prevalecen sobre los países, la innovación sobre los liderazgos, las redes productivas transfronterizas sobre los conglomerados monosectoriales, y los servicios lideran a la producción física, y el conocimiento es el principal insumo, parece apropiado prever estrategias exitosas enfocadas en la generación de ese valor en la producción, en sectores competitivos argentinos, a través de la generación de insumos relevantes para el encadenamiento productivo internacional. Así se “exporta” ahora.

Lograrlo permitiría, además, sumarse a los países más exportadores, que, según se ha probado, logran al menos cinco éxitos consecuentes: mejoran la calidad de sus bienes y servicios, incrementan la inversión, generan empleos de mejor condición, sufren menos volatilidad cambiaria y logran un ecosistema local más sofisticado que beneficia, incluso, a quienes no exportan.

Por: La Nación Marcelo Elizondo