jueves 20 de septiembre de 2018
De qué hablamos cuando decimos US$ 135.500 millones

De qué hablamos cuando decimos US$ 135.500 millones

Decir 6.900 millones de dólares es decir mucha plata. Hablar de 15.700 millones es hablar de muchísima plata más. Y mentar 83.500 millones de dólares es mentar un infierno de plata. Todo junto impresiona, pero sólo representa parte de monto aún más impresionante.

Esos son para empezar tres vértices de un mismo triángulo o de algo bastante parecido al Triángulo de las Bermudas. Y revelan a qué alturas ha escalado el déficit comercial del sector electrónico o, si se prefiere, a la brecha entre importaciones siderales y exportaciones casi raquíticas.

La primera cifra corresponde al desequilibrio de los diez primeros meses de este año. La segunda, al de 2016 y la tercera es la suma de todos los que hubo desde fines de 2011. Acumulados, US$ 83.500 millones en cinco años y pico.

Cuando contamos importaciones contamos, por ejemplo, el récord de US$ 18.808 millones de 2013. Y si vamos a las exportaciones del mismo 2013, aparecen muy módicos US$ 2.277 millones. Nada muy diferente existió durante el período completo.

Valen ciertas precisiones sobre esta enorme ensalada de cifras. Una es que se trata de datos del INDEC, o sea, son oficiales. Otra, que describen un intento fallido que arrancó a principios de los años 70, cuando se imaginó un país con una industria electrónica propia y moderna. Todo cruzado por el encomiable, estratégico objetivo de desarrollar y poblar Tierra del Fuego.

Lo cierto es que en lugar de industrias hechas y derechas se instalaron armadurías, costeadas con exenciones al IVA, a Ganancias y al gravamen sobre las importaciones y tasas preferenciales para impuestos internos. Una montaña de beneficios que dejó afuera y comprometió a las empresas radicadas en el continente.

Por si es necesario aclararlo, de ese conglomerado salen televisores, equipos de aire, celulares, computadoras, monitores y otro lote de bienes de consumo familiares.

El telón de fondo fue una sistemática pérdida de ingresos fiscales: $ 28.147 millones sólo el año próximo, según el Presupuesto Nacional. La factura en dólares ya quedó a la vista.

¿Tiene sentido sostener una estructura así de costosa?, es una pregunta que cae de madura y se ha hecho un buen número de funcionarios. Pero resolver el intríngulis, aunque sólo sea parcialmente, llevará tiempo y requerirá reconvertir la actividad y diversificar el perfil productivo de la provincia.

En el medio se juegan 10.600 puestos de trabajo directos -14.000 durante el salto de 2015-, más los de una serie de actividades acopladas, como las de los proveedores, el comercio y los servicios. Sin descuidar, al fin, el impacto social de cualquier programa que se intente.

En eso andan Francisco Cabrera, el ministro de Industria, la gobernadora Rosana Bertone y la UOM. Algún avance han acordado , pero todavía luce lejano el aumento de la productividad y la competitividad del sector.

No tan grandes, aunque también considerables son los montos que cantan los déficits comerciales del sector automotriz. Podría repetirse el ejercicio de la electrónica, pero esta vez habrá solo dos para no seguir fatigando: 6.100 millones de dólares en diez meses de este año y nada menos que 25.000 millones desde 2011.

Nuevamente una industria desintegrada, bastante similar a una armaduría y sembrada de importaciones. Tanto, que un comentario recurrente dice que el 70% de cada auto argentino es importado. O que hoy mismo un porcentaje semejante de las ventas internas son unidades fabricadas en Brasil: de ahí viene el boom de patentamientos.

En esta actividad mandan las terminales y un reparto de mercados teledirigido desde las casas matrices. Una cantidad de dólares que sale y sale y entra modestamente.

Toca ahora el turno del ya archiconocido desequilibrio energético o de la crisis energética. Repitiendo el método automotriz: 3.000 millones de dólares en diez meses y casi 25.000 millones a partir de 2011.

Se trata de otro sector impo-dependiente, y notoriamente desde que comenzaron a caer en picada las reservas de hidrocarburos y, atadas, las producciones de gas natural y de petróleo. El gas traído de afuera abastece hoy el 25% de la demanda interna.

Y como eso todavía no ha empezado a cambiar, lo de siempre: a cada brinco de la actividad económica le corresponderá otro en la cuenta de las importaciones.

Aunque de porte menor, también hay agujeros grandes en químicos, plásticos y minerales. Claro que entre electrónicos, automotores e insumos energéticos, en cinco años y medio se acumuló un déficit comercial que mete miedo: 133.500 millones de dólares.

¿Y con qué está bancándose? Por completo o casi por completo, con las exportaciones de alimentos, con la bendita soja y con otros productos del reino agropecuario. Es eso que se llama primarización del comercio exterior y una forma más de la dependencia, solo que de sentido inverso.

Nadie en el mundo puede, ni precisa, abastecer por si mismo todo lo que su economía demanda. Pero nada impide crear condiciones para sustituir importaciones e incrementar las ventas al exterior. Porque el riesgo es la acá famosa restricción externa, o sea, entrar en zona de divisas escasas.

Fuente:Clarin